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Sep 03

Jóvenes madrileños pasan sus vacaciones con los misioneros en Sierra Leona

Para la mayoría de ellos es la primera vez que van a participar este tipo de experiencias

pero todos desean estar junto a los misioneros transmisores de esa fe en aquel país de África. Cristina y Petri, dos de las jóvenes que han querido vivir su fe en esta experiencia de misión organizada por la Asociación ‘Jóvenes para la Misión' de la Delegación Episcopal de Misiones de Madrid, comparten su aventura.

"Ya han pasado cinco días desde que aterrizamos en Madrid, tras haber estado tres semanas con las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta en Sierra Leona. Y es ahora, cuando el furor, los primeros impulsos y la emoción de la vuelta a casa se han tranquilizado, el momento en que realmente se puede apreciar los frutos de esta experiencia tan bonita.

Era la primera vez que viajaba a África y, como no me gustan las sorpresas, antes de partir me dediqué a buscar información sobre Sierra Leona para tener una idea de lo que me esperaba. Todo lo que encontré: las imágenes, los vídeos... tenía relación con la pobreza extrema en la que se encuentra sumergido el país tras la guerra civil que finalizó hace poco más de 10 años. Como buen ser humano que soy, enseguida me llené de prejuicios y tomé una actitud a la defensiva para que nada me influyese. Pero todos mis esfuerzos, creando esta coraza, fueron en vano ya que no he encontrado mayor riqueza que en las calles de Freetown y sobre todo en la casa de las Hermanas.

Es innegable la pobreza de bienes materiales que sufre el país, pero cuando me han preguntado que cómo son las casas, las calles, si hay tiendas... he necesitado ver las fotos que hicimos para recordarlas. Y es que cuando echo la vista atrás sólo me vienen las palabras de Madre Teresa: "Necesitamos mucho amor para perdonar y mucha humildad para olvidar, porque el perdón no es completo a no ser que hayamos olvidado también".

Eso es lo que yo he vivido en la casa de las Hermanas, en Freetown. Algunos de los enfermos de la casa te mostraban las cicatrices que les habían dejado los rebeldes y era difícil encontrar a alguien que no hubiese presenciado el asesinato de algún familiar. Pero cuando te contaban lo sucedido no veías en ellos signo alguno de odio o de rencor, sólo veías a una persona narrando una serie de acontecimientos de su vida.

Otra de las cosas a destacar es el cariño que nos mostraban y que buscaban en nosotros. Cada mañana me llenaba de alegría cuando bajaba una pequeña cuesta de la casa y veía a mis compañeros varones rodeados de gente acariciándoles el vello de los brazos. Estaban muy contentos ya que nunca habían visto tanto pelo y así aprovechaban para terminar cogiéndoles la mano. Con la humedad que había y todo lo que sudábamos lo más fácil era levantarte e irte a otro sitio, pero allí aguantaban mis compañeros brindándoles gestos de cariño que hacían que en sus caras apareciese una sonrisa de oreja a oreja.

Podría llenar hojas y hojas con anécdotas como esta, pero lo que más siento en este momento es gratitud.

Gratitud en primer lugar a los enfermos y trabajadores de la casa que, con su ejemplo y su compañía, me han hecho ver las grandes debilidades que tengo y, al ser consciente de ellas, puedo intentar enmendarlas.

Gracias a las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, que aunque son conocidas por acoger a los más pobres de entre los pobres, yo no podré olvidar el día del fin del Ramadán en el que salieron a comprar abalorios para que los enfermos musulmanes de la casa pudiesen festejar su día grande. Ese respeto y la relación interreligiosa que se vivía en la casa me marcaron mucho. Y no sólo por parte de ellas, sino también las cabecitas de los musulmanes y protestantes que se asomaban por la capilla en la Misa en que festejábamos el Santo de una de las hermanas son inolvidables. Y por último quiero agradecer a la asociación "Jóvenes para la Misión" el haberme concedido este regalo de haber podido pasar tres semanas en Sierra Leona y, de un modo especial, a mis cuatro compañeros de Freetown, que han tenido que soportarme y me han hecho uno de los mayores regalos que se puede hacer a una persona, que es fortalecer mi fe.

Gracias al matrimonio por haberme sacado del yo-mi-me-conmigo. El escuchar a un chico hablar de su felicidad y su vida de fe a través de las de su mujer, y viceversa, es un toque al egocentrismo muy recomendable.

Gracias al joven laico por haber aguantado mis ‘borderías' siempre con una sonrisa y en lugar de defenderse compartir conmigo sus emociones en cada momento, que dejaba al ojo por ojo en otra dimensión.

Gracias finalmente al sacerdote diocesano por no conformarse en ser un sacerdote bueno, sino un sacerdote santo que (en lugar de estar detrás de nosotros dándonos palmaditas en la espalda y llenándonos la cabeza con palabras bonitas) nos esperaba siempre abierto, en silencio, bajo el granado junto a la capilla de las Hermanas, para hacernos ver lo afortunados que somos por haber tenido esta oportunidad de conocer mejor y en primera persona el gran amor de Dios hacia todas sus criaturas.

Agradecida y muy contenta me despido dando gracias a Dios por haberme colmado de tantas bendiciones."

Cristina Rodríguez Pastor

"Gracias por vuestra PRESENCIA, estas son las palabras que un misionero nos dedicaba uno de los días que estuvimos con él.

Y estas mismas palabras son las que yo ahora les quiero dedicar a ellas, a las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta.

Este es mi tercer año en sus casas. Este verano ha sido de nuevo en Makeni, Sierra Leona, donde me han vuelto a acoger a mí y mis compañeros con mucho cariño y amor y así es como ellas también acogen a las personas más necesitadas. Además de este cariño, también se ocupan de darles comida, medicinas, vitaminas, etc., y cuidar a niñitos que en unos pocos días empiezan a sonreír, tan diferentes de cuando llegan a sus casas, enfermos y tristes.

Su PRESENCIA en los poblados y aldeas, son, pienso, las únicas que se ocupan de llevarles leche/comida/medicinas a tantas mamás con sus bebés a la espalda y a tantas personas necesitadas.

Y, ¿cómo se lo agradecen estas personas? Con una gallina, con un puñado de cacahuetes (así nos los agradecían a nosotros uno de esos días), con lo poco que tienen, pero ese poquito, es mucho para ellas.

Otros días, en esas casas envasamos comida mientras, pacientemente en la puerta están esperando grupos de personas ciegas que vienen (la mayoría de las veces) con a un niño que es su guía, sus ojos, y siempre agradecidos. Antes de empezar este reparto, siempre hay una persona que empieza (y los demás les siguen) a rezar y dar gracias a Dios por lo que van a recibir.

Qué afortunada me hacen sentir cuando me dejan compartir con ellas esas tantas tareas diarias.

También ellas nos dan las gracias por compartir nuestro tiempo con ellas, quieren que estemos a gusto durante el tiempo de nuestra estancia allí, siempre pendientes de nosotros, siempre con una broma, una sonrisa, una palabra amiga para nosotros al igual que para los más necesitados. Nos cuentan, ellas, que cuando las personas que han pasado un tiempo en sus casas, muchas de ellas cambian, a lo mejor no las que pasan una vez, pero si más de una, cuando vuelven a sus poblados y han compartido con ellas, los rezos, las canciones, quieren seguir manteniéndolo, quieren cambiar.

Entonces es cuando yo, me pregunto: ¿Será que su PRESENCIA es muy importante? ¿Será que al igual que ellos cambian, yo también me siento cambiada cuando llego a mi casa?

Quiero agradecerles su PRESENCIA en mi vida a ellas y a la Delegación de Misiones que hace que esto sea posible. "

Petri Castañera

Intenciones misioneras

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